miércoles, 27 de febrero de 2013

Gracias, Limónov, o sea, Carrère


Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Me basta, en realidad, con una percha, una excusa, una coartada para vencer la modorra infinita y tratar de sacar de su catatonia este blog. Mira que lo he tenido veces en la cabeza e incluso en la punta de los dedos, pero el empujón final no ha llegado hasta que terminé de leer Limónov de Emmanuel Carrère. Culpa de El Jukebox, me apresuro a piar. Fue él quien me tendió desde un tuit la manzana del pecado. Y allá que me tiré en plancha sobre mi librería favorita de internet —que obviamente no es la Fnac— a agenciarme la pieza. 15 euros del ala, me sigue pareciendo un robo para un libro digital que en papel cuesta cuatro más. Pero bueno, por ahí ponen copazos más caros que no duran lo que me duraron a mi estas nutritivas cuatrocientas páginas.

Todas esas: cuatrocientas, leídas en sorbos cortos pero intensos. Nada de ir a la carrera a ver lo que pasa en el próximo capítulo y llegar al final con la sensación de la eyaculación precoz. Hay que paladear cada línea (yo lo hice así; cada cual que se avíe como quiera) no exactamente porque Carrère sea un estilista del copón o porque deje huecos entre las líneas para ir rellenando; de hecho, diría que o él o el traductor pecan a veces de desidia... salvo que sea buscada a propósito. Mi premiosidad fue, supongo, cosa de las causas y azares de mi propia vida. Llevaba un tiempo despachando bestsellers y clásicos ya manoseados, tarea que hacía al galope y sin aplicarme. Sin embargo, con Limónov tuve que bajar las revoluciones.

Renuncio a contar de qué va, que para eso están las sinopsis y las recensiones que hay a patadas por ahí. Anoto, a cambio, la gran paradoja: siendo técnicamente una biografía, lo que menos huella ha dejado en mi ha sido el personaje biografiado. Me deja frío el tal Eduard Limónov. No le encuentro la gracia ni como escritor maldito ni como político extravagante ni como nada. Y no será porque el autor, que tiene que justificarse necesariamente, no se esfuerza por cantarnos sus excelencias por encima de sus miserias. Los enfants terribles no son lo mío, y menos cuando ese titulo lo reciben con sello oficial, como es el caso.

Desprecio, pues, el bistec y me quedo con la guarnición. Ahí sí que me chupo los dedos, porque Carrère habla de épocas y ambientes que me resultan fascinantes. En algunos casos, por totalmente desconocidos; en otros, porque me sonaban de algo pero me faltaban datos u opiniones más documentadas. Stalinismo, post-stalinismo, breznevismo, ¿gorvachovismo?... y todo lo que vino después y sigue viniendo, que aquello va para largo. Contado, además, de un modo que nada tiene que ver con los titulares o las crónicas de costumbre. Si fuera una página de Facebook, de cabeza al “me gusta”.

Pero no solo es eso. También está el exilio ruso en los USA y los círculos intelectuales o así la France, que se nos describen (o se nos descubren) como criaderos intensivos de papanatas. Ahí me detengo: papanatas y cretinos muy parecidos a los nuestros, a los de la caverna y la contracaverna, vividores del cuento de ser de derechas o de izquierdas, eternamente enfrentados sin saber que son como gotas de agua perfectamente intercambiables.

¿Más? No, que rozaría el espoiler o la desfiguración definitiva de una obra que probablemente no sea ni medio similar a lo que a mi me ha parecido.