viernes, 29 de marzo de 2013

Confundido


Uno de los comentaristas al anterior apunte de este blog da en el clavo. O casi, porque dice que me ve un poco confundido últimamente y en realidad estoy más que un poco (tirando a bastante) y no es cosa reciente sino que viene prácticamente de serie. De hecho, si fuera el protagonista de uno de los chistes clásicos de Forges, al ser preguntado por el funcionario narigón sobre mi estado, la respuesta indubitada sería: confuso, eterna y crecientemente confuso. Es una de mis señas de identidad y la asumo sin hacer dramas ni alardes de ello. Igual que me tocó una estatura talla futbolín y una de las últimas caras que repartían, nací, en lugar de con un pan bajo el brazo, con una empanada mental perpetua. Habrá quien lo vea como una insalvable discapacidad o una desgracia de las que mueven a compasión, pero con el tiempo he aprendido a bandearme con ella e incluso diría que he sido capaz de hacer de la necesidad virtud.

¡Venga ya, virtud! En tu oficio, Javier, ¿para qué leñe sirve esa especie de astigmatismo cerebral que te impide ver las cosas con absoluta nitidez? Os lo diré: es un freno que me ha evitado hostiarme ni sé las veces contra las puñeteras verdades esféricas. Es más, en las oportunidades en que he ido de chulito y me he dejado la confusión en la mesilla, he acabado empotrado en una de esas irrefutables evidencias que no lo eran.

Ya sé que lo que se lleva es la seguridad sin fisuras ni matices, el ojo clínico infalible que donde se posa pone la bala o el estilete. Cómo molan, ¿eh?, esos columnistas o tertulianos que siempre saben sin lugar a dudas y sin necesidad de auscultar al paciente qué mal le aqueja y cuál es el tratamiento adecuado. Tengo suficiente material publicado para probar que yo también he obrado por el estilo... y en ocasiones ha funcionado porque se trataba de resolver un dos más dos, por chamba o por experiencia. Otras, insisto, la certidumbre incapaz de bajarse del burro ha sido fuente de errores lamentables.

Así que me quedo con mi confusión, que es la que me hace mirar en todas las direcciones posibles antes de cruzar la calle a difundir lo que pienso, que en realidad es lo que pienso que pienso. Así lo hice, por ejemplo en los textos sobre el escrache por los que tantas collejas me han llovido. Traté de inventariar las distintas formas de abordar el asunto que se me ocurrían. Eso incluía pros, contras y mediopensionismos. La conclusión final era, efectivamente, que yo mismo no era demasiado partidario de tentar la suerte, lo cual se tradujo al lenguaje binario habitual —conmigo o contra mi— más o menos así: “Este hijo de puta colaboracionista de los desahuciadores y esbirro del capital (que seguramente es multimillonario) es otro para poner en la lista de escrachables. Que se ande al loro”. Así simplifican los que no están confundidos. Pues vale.

Me lo tomo con filosofía y deportividad, sabiendo que estoy incapacitado ética y genéticamente para subirme al carro de los que escriben al gusto exacto de los lectores, de un tipo muy determinado de lectores, los que no soportan pasar su vista por algo diferente a lo que está en su meninges. Sé coser columnas siguiendo esos patrones y aguardando la ovación unánime, pero no me sale de las narices, seguramente, entre otras cosas, porque yo también soy lector y me gusta sentir que me traten con respeto. Luego podré estar o no de acuerdo con lo que leo, pero que traten de colar fast-food guarrete por un plato de la abuela... por ahí no paso. Y creo que nadie debería pasar. Claro que también podría estar confundido. Siempre lo estoy.