domingo, 28 de julio de 2013

Cacerías

Supongo que me lo he ganado a pulso. Solo a mi se me ocurre dedicar la última columna antes de las vacaciones a un asunto de esos en los que es mejor no llevar la contraria a los poseedores de la verdad. ¿A uno he dicho? En realidad eran dos los charcos que pisaba en el mismo puñado de líneas, y ambos, hay que ser bruto, lejanos a la ortodoxia. Por un lado estaba el cenagal de los tratamientos de fertilidad y por otro, el despeñadero de los linchamientos a según quién, que es por donde enfilaré este apunte aclaratorio. Sobre lo primero, aún tengo unas cuantas ideas que poner a enfriar...

No me gustan las lapidaciones. Ni siquiera las dialécticas. Me da igual que la víctima sea Ada Colau, el maquinista del Alvia o una ministra del PP. Sí, aunque no sienta por ella la menor simpatía, aunque esté convencido de que es una calamidad, aunque me provoquen vergüenza ajena sus decisiones y sus declaraciones. Llego a entender la crítica mordaz, la carga de profundidad, incluso una rociada verbal de racimo acorde a cargo, nulidad y sueldo. Hay testigos de que me he sumado en más de un caso a prácticas como esas. Pero me detengo en cuanto empiezo a percibir ojos inyectados en sangre y competiciones por ver quién es el más despiadado. Ahí pierde sentido el objetivo inicial. El fondo se va al carajo en beneficio de las formas... de las malas formas, las que no distinguen arre de so, las que bendicen insultos machistas, sobradas basadas en el aspecto físico o cualquier garrulez de las que en otras circunstancias nos harían saltar al cuello de quienes las profieren.

Hace un par de días, Iñigo Sáenz de Ugarte clamaba en eldiario.es con toda la razón del mundo contra las tundas mediáticas. Comparto la reflexión de la cruz a la raya, pero no serviría de nada que lo hiciera si en la misma frase —esta— no añadiera que la validez de esa denuncia está sujeta a su universalidad. No caben excepciones por afinidades. También cuando las cacerías son sobre quienes nos caen antipáticos deberíamos pedir templanza y, desde luego, bajarnos en marcha de la cuadrilla de acollejamiento. Es una cuestión ética o deontólogica, por descontado, pero como ya sé que eso se la trae al pairo a más de quince, anoto que también hay un propósito pragmático. Hay quien desea y celebra que cualquier materia de debate se reduzca a refriega en territorio embarrado porque ahí están seguros, como poco, de empatar. Y suelen ganar porque a fuerza de amos y años de entrenamiento, son expertos en juego sucio. Su gran logro de un tiempo a esta parte es haber conseguido tener enfrente a unos tipos tan cerriles como ellos. ¿Una prueba? El modelo de tertulia de la TDT se ha extendido a los canales convencionales. Lo de menos es el qué. Gana quien más grita, quien más insulta, quien más manipula, quien más pico demuestra. Pensemos por un minuto si esa es la defensa más adecuada de nuestros argumentos.

Me sé excepción y hasta bicho raro. Sigo creyendo en lo que digo y escribo, sin perder jamás de vista que puedo estar equivocado o que lo que postulo tiene opciones de ser solo una parte infinitesimal de la verdad. En cualquier caso, y aunque también voy al límite con los adjetivos de punta, no me sale de las narices ir por sistema a la tibia del contrario. Por mucho que se llame Ana Mato.

La otra cuestión, la de los tratamientos de fertilidad, la dejamos para el siguiente apunte.