miércoles, 27 de julio de 2016

Echenique sumergido

"Tengo un trato: lo mío pa' mi saco". (Mala Rodríguez
Buen día eligió Iñigo Errejón para fijar en su cuenta de Twitter una invectiva contra la precariedad laboral y el trabajo en negro. Pillado en renuncio por el Heraldo de Aragón, su compañero —y dicen que rival encarnizado— en la cúpula del trueno morado, Pablo Echenique, había tenido que reconocer que mantuvo durante catorce meses sin contrato a un hombre identificado, según las dosis de paternalismo chorraprogre de cada cual, como “su asistente” o “su cuidador”. Ya solamente esa mentecatez terminológica supone un apunte al natural de lo más realista sobre los protagonistas de la cuestión, tipos que creen que limpiar el culo a personas dependientes es más o menos digno en función de la palabra que se emplee para mencionarlo. Significantes ganadores y perdedores, que dice el líder del invento, el otro Pablo, que hasta el momento de redactar estas líneas no se ha pronunciado sobre el marronazo.

Sí lo ha hecho, y de un modo que revela su desparpajo, el principal actor del episodio. Sostiene el empleador en negro confeso que aunque no está del todo bien, su comportamiento es útil para abrir “un debate muy interesante respecto de la Ley de Dependencia y de cómo el sistema actual empuja a muchísima gente humilde a participar de la economía sumergida”. Deberían haberlo sospechado: la culpa es del sistema. Fíjense qué excusa más maravillosa le sirve en bandeja el emancipador Echenique a cualquiera de los miles de tipos y tipas que, además de no pasar por la caja común, mantienen sin derechos a quienes trabajan para ellos. ¿Qué ocurriría si los bwanas del sector hostelero que alude Errejón en su tuit echaran mano del comodín exculpatorio del sistema? Bueno, en realidad, sobra el condicional. Más de uno de esos jetas suelen salir por tales peteneras y aun sostienen que por la vía legal sería inviable mantener a sus asalariados. Y salvo para cuatro neocons y tres apóstoles del hijoputismo social, la mandanga no cuela. ¿Por qué a Echenique sí?

Ahí entramos en la otra parte fundamental del mecanismo de este sonajero averiado que nos han colocado. Las injusticias dejan de serlo cuando las cometen los buenos oficiales. Entonces se convierten —incluso mediando confesión de parte, como ha sido el caso— en intoxicaciones de los malvados enemigos, circunstancias plenamente justificadas o, en última instancia, menudencias al lado de las auténticas tropelías; los otros siempre las hacen peores.

De estas mismas líneas se dirá, siguiendo la trillada letanía, que obedecen a la obsesión mórbida del autor y/o a lo nerviosísimo que está ante la inminente victoria por mayoría requeteabsoluta de los neoredentores en las elecciones de otoño. Aparte de pedirles amablemente que hagan como se caen a los recitadores de retahíla, les conmino a imaginar la que tendríamos liada si en lugar del número dos de Podemos, el empleador irregular fuera cualquiera del resto de los partidos y utilizara idéntica argumentación para explicar los hechos.