jueves, 28 de julio de 2016

El azotador de periodistas

Un político dice en un chat privado que azotaría a una periodista hasta que sangrase. Sugerente punto de partida. Y cómo cambia, opino, según quiénes sean los protagonistas. No cuesta trabajo hacerse una idea de la que tendríamos montada si la frase la hubiera soltado el rijoso exalcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva refiriéndose, pongamos, a Ana Pastor. Resultaría algo de todo punto intolerable, se multiplicarían las peticiones de reprobación —y si procediese, castigo— y la comunicadora objeto de la salida de tono recibiría indecibles muestras de apoyo si decidiera denunciar el caso ante los organismos competentes en materia de igualdad. Solo a una mínima parte de la talibanada diestra más desprestigiada se le ocurriría objetar que lo inadmisible es que una conversación particular llegue a conocimiento público.

Pues fíjense que ya tenemos la primera gran diferencia respecto al caso cierto y no hipotético. Porque este es el punto de apostillar para quien no esté al corriente que estamos planteando una situación que se ha dado en la realidad. No fue León de la Riva sino Pablo Iglesias Turrión quien, en conversación por Telegram con su colega Juan Carlos Monedero, lanzó tal fresca respecto a Mariló Montero. Y aparte de la sorprendente (o no) sordina con que se trata el caso, como les anotaba, ahora resulta que lo relevante no es el contenido, sino el hecho de que alguien espíe y publique diálogos privados.

¿No podrían argumentar lo mismo los másters del universo cazados en renuncio por Wikileaks? O en una escala menor, ¿no cabe aplicárselo a los SMS de Rajoy apoyando a Bárcenas o a los mensajitos de la reina Letizia a su compi-yogui implicado en marrones gordos? Sí, seguro que no faltará quien me diga que la relevancia no es la misma. Y será entonces cuando ponga media sonrisa cínica a la espera del desarrollo de tal refutación. Por supuesto que me parece muy feo y, por tanto, informativamente trascendente, que autoridades de primer orden manifiesten proximidad a (presuntos) mangantes compulsivos. Pero… ¿no lo es que el líder del tercer partido español utilice expresiones que promueven la violencia contra la mujer?


Ya, ya, ya… Esa respuesta también la tenía prevista. Que esta vez era una broma, que no encerraba ni mucho menos la voluntad real de llevar a la práctica la azotaina y que tire la primera piedra quien, entre amigos y en confianza, no haya evacuado dislates del pelo. De acuerdo, de acuerdo; yo mismo me acuso; pero añado inmediatamente que entonces se hace necesaria una guía que deje claro cuándo se está ante el oprobio de los oprobios y cuándo frente a una chanza chorra que no va a ningún sitio. Lo digo porque hay a quien le pasan a cuchillo público por bastante menos. Sospecho que seguirá ocurriendo.

De igual modo me temo que seguirá habiendo trato distinto para la víctima —¿término exagerado?— de la demasía del líder de Podemos. Resulta que respecto a Mariló Montero hay bula. Ella sí puede ser tonta y lerda independientemente de su sexo, ¿verdad? O una histérica exagerada en pos de protagonismo por haber denunciado el episodio ante el Instituto de la Mujer.

No alargo más la entrada. Confieso que albergo mis propias dudas sobre algunas de las cosas que he ido mentando en esta reflexión en voz alta. Sí tengo la certeza de que volvemos a estar ante un caso flagrante de doble vara. Aguardo las habituales aportaciones en el muro de Facebook.

Dejo para mejor ocasión las consideraciones sobre otras partes de la conversación privada desvelada, como las gracietas sobre lo poco que le gusta a Iglesias que le paren las viejas [sic]. Y qué decir de quienes, aún habiendo mediando el reconocimiento de los hechos por parte de sus protagonistas siguen farfullando que todo es un invento de Eduardo Inda.