martes, 26 de julio de 2016

Encabronamientos, los justos

"Puedo permitirme el lujo de no ser solidario con los asesinos" (Manuel Chaves Nogales)

Reabro este blog a la deriva y aprovecho el viaje para unificar aquí los textos de otra de las bitácoras —qué antigua va quedando la palabra— que también andaba abandonada. No prometo lo que durará esta nueva etapa. Quizá lo que mis vacaciones. O ni eso, que uno tiende a la inconstancia. En todo caso, pasarse por aquí es una opción absolutamente libre. Lo mismo que abstenerse de hacerlo o marcharse después de haber picoteado.

Parece que está de más anotar algo tan obvio. Pero no crean. El origen de estas líneas está en un curioso y no muy agradable episodio que he vivido en los últimos días en mi muro de Facebook. Les excuso la explicación al detalle porque seguramente sería parcial. Dejémoslo en que he tenido que invitar a abandonarlo (o, directamente, empujar fuera) a tres o cuatro personas que reiteradamente han incumplido las escasísimas normas que pido que respeten a los participantes. No piensen que se trata de una especie de juramento masónico o sectario. La cosa no va más allá de la mínima cortesía y educación exigibles en las redes y en la vida misma, con el añadido de lo que, si quieren, pueden juzgar una extravagancia personal: resulta que no tolero a quienes utilizan el espacio que se les concede para justificar asesinatos ni agresiones sexuales.

Se diría que no es tan descabellado, ¿no? Pues para según qué molleras debe de serlo. No vean las filípicas sobre la libertad de expresión que me cascan los zascandiles —forma castiza de decir trol— a los que, tras un par de cariñosas o menos cariñosas admoniciones, acabo enseñando la puerta. Ocurre que uno está muy mayor para que cuelen ciertos regüeldos por más estentóreos que sean. Conforme escribo, pienso incluso que es demasiado aprecio dedicarles estas letras y estas explicaciones del catón. Pero como va a ser que al final un poquito sí me va la marcha, sigo con la descarga, que al tiempo es un aviso a futuros abusadores de la confianza.

Todo reside en el principio elemental que enunciaba al comienzo de estas líneas, el de la libertad para venir, quedarse y/o marcharse, pero visto también desde mi lado. Del mismo modo que no obligo a nadie a lo mentado (venir, quedarse, marcharse), yo no me siento obligado a mantener ningún tipo de relación con los usuarios de la herramienta que pongo a su disposición para expresarse.

Afortunadamente, como se ha visto a través de los años, lo más habitual será que predomine el sano intercambio de pareceres y la enriquecedora suma de aportaciones. Con sus encontronazos y sus momentos ásperos, sí, pero en todo caso, bajo la máxima de la honestidad en la expresión y la abstención de recurrir a ventajismos de tahúr. Y si a pesar de la advertencia, alguien insiste, que sepa que será la última vez. Ni siquiera haremos un drama cuando ocurra. Encabronamientos, los justos.